miércoles, 10 de junio de 2009

Entrevista con Rodrigo Casanova


LA CIUDAD Y LA SUBJETIVIDAD



- Tus fotografías, por lo que he visto, son generalmente paisajes y lugares urbanos que están en constante transformación. La figura humana, al contrario de otros fotógrafos, parece no tener valor en tus creaciones. ¿Cual es la razón?

- En realidad no pretendo excluir al hombre de mis fotografías. Siempre está presente. Quizás no por medio de su propio cuerpo, pero sí en sus rastros, sus huellas, su firma. Cada lugar tiene aquella característica profundamente humana que podemos reconocer si nos esforzamos por ello. Lo que quiero es apelar es el hombre que representa una época, un ambiente. Eso que llevamos siempre por dentro. Una identidad.

- Más que fotografiar esas bellas panorámicas de postal, te has inclinado por retratar los fragmentos, los recovecos de esta gran imagen que llamamos ciudad ¿Porqué?

- Tal vez por reacción a la imagen panorámica, imagen de contexto, que no discrimina, que no opina, que no se hace cargo de la articulación, de la multiplicidad de elementos que confluyen en ese total. Prefiero un abordaje desde una cierta antropología visual que evidencia con evidencia van conformando la identidad del lugar, en esa pesquisa voy dejando las huellas de mi arbitrariedad, de mi subjetividad fotográfica.

- ¿Cual crees que es la labor de la fotografía para la generación del espacio público?


- Creo que observar el espacio que habitamos de manera crítica es fundamental para la convivencia democrática de una ciudad. Mi manera de expresar esa crítica es por medio de la imagen y con lo que ellas escribo. Ciertamente sin artistas que retratasen estos gigantescos espacios donde convive la gente, es más difícil la tarea de apoderarse de aquello que nos identifica. Puede que los fotógrafos seamos generadores de la identidad de aquello que retratamos.

Crítica de Arte

Paisajes en Tránsito

Inaugurada la semana pasada, la exposición fotográfica de Rodrigo Casanova está compuesta por 26 fotografías de gran tamaño que retratan cinco sitios eriazos del centro de Santiago, fotografiados entre 2005 y 2008. En esta exposición, el fotógrafo nos invita, desde su mirada a explorar aquellos lugares entregados a un aparente abandono. Pero tal abandono puede ser en realidad un principio para una nueva forma de existir diferente al urbano-moderno impuesto actualmente por las inmobiliarias.

Las fotografías se agrupan bajo los diferentes sitios eriazos (Agustinas, Moneda, Libertad, Riquelme con Santo Domingo y Huérfanos) y se articulan bajo tres ejes luminosos precisos. Retrata aquellos lugares en sus diferentes estaciones del año, bajo la luz diurna y sus diferentes variaciones y con la luz nocturna e intervenciones lumínicas.

Tales articulaciones logran en las fotografías, tomadas generalmente desde la misma perspectiva y con leves cambios de ángulo, potenciar la fuerza de los lugares y hacen manifiesto el cambio ahí donde no lo vemos. Con la ayuda del gran angular, Rodrigo optimiza aquellos reducidos espacios que quedan como los vacíos de un puzzle.

En palabras de Sergio Rojas, autor de “Escenografías de ciertos lugares de ninguna parte”, tampoco existe verdaderamente este vacío al que estamos acostumbrados a ver en aquellos lugares. Más bien, aquello que denominamos ausencia no es sino un modo fundamental de la presencia que se hace lugar. Puede que el vacío que nos presenta Casanova, sea la posibilidad que hace reconocible su opuesto: edificios, paseos y malls.

La otra ausencia, la del cuerpo humano, la da cierto aire fantasmal a las fotografías de Casanova. Pero aún así, podemos ver reflejadas en ellas ciertas huellas, fundamentales, que son nuestro lazo más directo con la persistencia de las ciudades y sus habitantes: los graffiti, la basura y las señales de advertencia.

La muestra de Casanova está abierta al público hasta el viernes 26 de junio, en salas del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile, Av. Matucana 464 Metro Quinta Normal. La entrada cuesta $600 general, $400 estudiantes y tercera edad, y gratis para todo alumno de la Universidad de Chile.


UN HERMOSO PAISAJE, LLAMADO CHILE

Desiertos floridos y bosques milenarios son algunos de los parajes que encantan a miles de extranjeros que visitan nuestro país, día a día. Campo y urbe también se unen al sinnúmero de posibilidades de parajes existentes en esta larga y angosta faja de tierra, los que han servido como fuente inspiradora para muchos fotógrafos nacionales.

Paisaje y sentimiento, la mezcla perfecta para poder tomar una buena fotografía, dicen los entendidos. La fotografía de paisajes en Chile no es una práctica que tenga tanto protagonismo como otros tópicos, sin embargo hay unos cuantos fotógrafos que han hecho una brillante labor en esta área. Porque éste es un género engañoso que se caracteriza por su aparente facilidad. Supuestamente, está al alcance de cualquiera, pero es extraordinariamente complejo hacer una foto que valga la pena. Muchas veces, esa escena en la que se tenía tantas expectativas y que resultaba espectacular a los ojos, no resulta. Ese es el desafío que tienen los fotógrafos dedicados a retratar paisajes: saber dar con la armonía de ellos.

Desde el año 1850, aproximadamente, con el trabajo de los primeros fotógrafos radicados en Chile, entre los que destacan apellidos como Helsby, Rowsell, Garreaud, Deroche y Spencer, es que comienza a quedar registro de los paisajes y costumbres de un país que desde hace pocos años conoce de la independencia.

Los fotógrafos ya no iban de ciudad en ciudad; abrían sus oficinas propias y poco a poco salieron a retratar paisajes exteriores. La mayoría de ellos, de origen extranjero, se sorprendía con las panorámicas y las costumbres americanas, por lo que fueron constantemente objeto de retrato. Así nacieron álbumes con vistas de las distintas zonas de Chile.

Este fue el caso de Víctor Deroche, quien supo aprovechar las potencialidades de la fotografía para captar paisajes. Recorrió Chile a mediados del siglo XIX y con las fotos que hizo preparó el álbum Viaje pintoresco a través de la República.

En la misma época, John Helsby, junto a otro profesional de la naciente fotografía, Carlos Roswell, hicieron el álbum Los baños de Cauquenes. Este tiene una serie de vistas que registran tanto el paisaje como las instalaciones termales y sus visitantes de entonces. Roswell también se ocupó de captar la belleza y singularidades naturales del resto de nuestro territorio. Gracias a la labor de estos artistas y a la fotografía, los chilenos aprendieron a descubrir su propio paisaje.


La mirada nacional

La riqueza y diversidad natural que Chile posee es una cualidad de la cual no muchos países gozan. Desde el árido desierto hasta los glaciares más australes comparten el mismo territorio. Sin embargo, no son muchos los fotógrafos nacionales que explotan y destacan en esta veta.

Uno de los osados que se atrevió a experimentar en este complicado escenario fue Antonio Quintana, quien además de ser un docto en la fotografía de paisajes, también destacó por abarcar el retrato y la arquitectura. Él es uno de los más notables fotógrafos que ha producido nuestro país. A través de la fotografía de naturaleza y de la urbana buscó develar la belleza y expresividad de los parajes nacionales. Todo ello para que los chilenos y el mundo conocieran su magia. Este hecho, sumado al compromiso que tuvo con la realidad social y la difusión de la fotografía como medio artístico, lo elevan como un pilar de la fotografía latinoamericana.

En la actualidad, el fotógrafo Pablo Valenzuela es uno de los más destacados en esta materia. Su afán de descubrir y captar aquellos instantes en que la naturaleza alcanza su mayor expresión lo llevaron a dedicarse a este tipo de retrato. Sin duda, esta búsqueda ha sido incesante para rescatar aquellos momentos únicos e irrepetibles.

Junto a lo anterior, el expositor administra su propio banco de imágenes y redacta una serie de reportajes sobre su país, siendo autor de más de cincuenta artículos publicados en diversas revistas. Su trabajo como archivo fotográfico se ha visto reflejado en una serie de publicaciones en memorias de empresas, campañas del medio ambiente, agendas, folletos institucionales, revistas nacionales e internacionales, entre otros. De igual modo, ha participado junto a otros autores en varios libros referentes a la naturaleza y el paisaje de Chile.

Entre sus libros, se cuentan, entre otros, Chile, paisajes del confín del mundo (1993); Chile, de Los Andes al Pacífico (1994); Sur de Chile, bajo la sombra de los volcanes (1995); Chile, sur de Los Andes (1998); Chile, la luz del silencio (2001) y Chile, confín del mundo (2004).

El aporte que todos estos fotógrafos han hecho con la creación de identidad para este país ha sido inmenso. Los registros visuales de los distintos paisajes de Chile han logrado crear un vínculo entre las personas y estas zonas. Han conseguido contribuir al conocimiento y valoración de la naturaleza de nuestro “Chile, lindo y querido”.

Fotos Pablo Valenzuela



EL RETRATO HABLADO DEL PAISAJE

El paisaje ha sido, indudablemente uno de los motores de la evolución de la Historia de la fotografía. Es más, partió con este tópico, pues no podemos olvidar la fotografía que Nicéphore Niepce nos legó en su Punto de vista desde la ventana de Gras, en 1826.

Vista urbana o vista natural, nuestros pioneros documentaron el desarrollo social de nuestras comunidades partiendo de aquellos paisajes muertos, en donde nadie parecía habitar. Daban cuenta de las limitaciones técnicas de la época. Retrataban la realidad tal como era, con un sólo click, ahí estaba el vivo retrato de aquel paisaje.

A estas propuestas fotográficas siguieron otras donde los polos del realismo y del idealismo, una y otra vez alternaron su influencia. Ello llevó a la fotografía hasta un paisaje tamizado a través de las experiencias formales de las vanguardias o de las demostraciones de dominio del medio de Ansel Adams.

La visión moderna del espacio y lugar encuentran sus precedentes en la Historia de la fotografía, pero sobre todo en el cambio a la postmodernidad ofrecido por las aportaciones de William Eggleston, especialmente con su uso del color y su preocupación por trasladar la atención fotográfica a ese ningún-lugar-en-particular, del que tanto han bebido las diversas series de los artistas europeos de la Nueva Topografía, durante los años 1980 y 1990.
Tras los primeros avances científicos en el campo de la técnica fotográfica se desarrolla ampliamente este género fotográfico motivado por diferentes aspectos como sus valores memorísticos, por la curiosidad científica, por afanes puramente comerciales o por cuestiones relacionadas con la creatividad.

Tomando cuenta que los tiempos de exposición necesarios eran muy amplios, los paisajes urbanos o rurales son fotografiados cuando no hay nada en movimiento, a fin de evitar que salieran borrosos. A esto se debe esa impresión de espacios muertos que podemos observar en las primeras fotografías de paisaje.

Meses después de que la fotografía se presentase públicamente con un óptico llamado Lerebours, se envió a un equipo de fotógrafos por todo el mundo a fin de captar imágenes con destino a su comercialización posterior en la colección "Excursiones daguerrianas". Otra iniciativa similar pero de carácter más científico fue la del Barón Jean Baptise Louis Gros quien, diplomático de profesión, se dedicó a tomar imágenes de los lugares donde estuvo destinado.
La fotografía de paisaje, si bien fue uno de las primeras temáticas abordadas por la fotografía allá por sus primeros pasos, hoy constituye el objetivo comunicativo de las grandes revistas como National Geographic.

En el devenir de este siglo y medio de fotografía, hemos asistido a la visión de parajes remotos, exóticos, nunca antes pensados, como los paisajes de Europa, Latinoamérica, Asia, Africa o las fabulosas playas de la Polinesia. También hemos sido testigos de paisajes urbanos aterradores como las imágenes de la vida de los refugiados de Kosovo, las guerras en Medio Oriente, o las festividades tradicionales de los carnavales de todo el mundo.

Paisaje Natural:

Por paisaje natural, se entiende todos aquellos escenarios en los predomina la naturaleza. Esta definición se empezó a utilizar cuando algunos fotógrafos se interesaron por el paisaje urbano, lo cual fue una forma de intentar diferenciar y aumentar las áreas de trabajo. Algunos fotógrafos entienden que incluso de puede definir a la fotografía de naturaleza, como aquella en la que no existe rastro del ser humano.
El paisaje Natural, exento de ratos humano, puede contribuir a transmitir la sensación de naturaleza virgen, por lo que las diferentes estaciones del año proporcionan un amplio abanico de posibilidades creativas. Además permite una gran variedad de tratamientos, no sólo porque se refiere a los aspectos técnicos, sino también, por las grandes posibilidades de aprovechar los cambios estacionales, las diferentes épocas del año y la diversidad de luz disponible.

Paisaje Urbano:

La fotografía urbana, por otra parte, consiguió su mayor número de adeptos, durante el siglo XX. Va de la mano con los cambios históricos que se han producido, con la industrialización, y el considerable aumento de la vida urbano. Y he ahí la gracia, pues el trabajo con este tipo de fotografías, se puede realizar en la misma ciudad o en el mismo barrio en donde vivimos. Gracias a esto, el paisaje urbano se vuelve un tema al alcance de cualquier fotógrafo, por muy aficionado que fuese.
Uno de los mejores objetos de este paisaje, son las ventanas de las viviendas. Desde ellas se pueden apreciar los cambios en la luz del día, no por nada, fueron ellas la fuente de inspiración para Niepce.

¿Cómo fotografiar un paisaje?

La fotografía de paisajes es una de las disciplinas más profusamente practicadas por todos los fotógrafos. No importa si son profesionales o novatos. Prácticamente el cien por cien de las personas que alguna vez han empuñado una cámara se han parado delante de un idílico paraje campestre para hacer un par de fotografías. No todas salen bien. La fotografía de paisajes es una disciplina que engaña, y no es tan fácil como parece ejecutarla correctamente. La primera lección: para ver, primero hay que saber mirar.
En un paisaje hay muchos motivos por escoger y un montón de valores con los que jugar, aunque no podamos cambiar las condiciones de la toma. Las focales, por ejemplo, suelen ser cortas; cuanto más, mejor, ya que así puede abarcarse más paisaje. Pero que esto sea lo convencional no quiere decir en absoluto que no pueda hacerse un paisaje con teleobjetivo. De hecho, las focales largas son idóneas para esquivar accidentes naturales u obras arquitectónicas de incongruente ubicación.
También hemos de jugar con la luz. Un paisaje suele presentar claros, zonas de sombra, luces fuertes, destellos. Todo eso debe tenerse en cuenta. La medición en paisajes suele ser matricial, esto es, midiendo toda la escena. La razón es sencilla: en un paisaje suelen convivir luces y sombras de forma más o menos equilibrada, pero también puede ganar una de las dos por abultada mayoría, con lo que utilizar un modo de medición más restringido supondría un riesgo.

Sin embargo, no siempre encontraremos una medición sencilla. Hay ocasiones en las que tenemos que apostar por subexponer o por quemar. Lo más sensato -que necesariamente tiene que ser lo más correcto- suele ser apostar por las luces bajas y dejar la toma, en principio, subexpuesta. La razón es sencilla: una luz baja puede recuperarse en mayor o menor medida con el ordenador; una zona quemada, sin embargo, es mucho más difícil.

William Eggleston


Realidad en colores

Desiertos, calles, autos, ventanas, cuidad, campos sembrados, objetos y paisajes sin intervención son las temáticas que aparecen en las fotos de William Eggleston. Este fotógrafo nacido en 1939 en Tennessee, Estados Unidos, captura las cosas en su más nítida realidad, muchas veces sin que nada la justifique. Sus fotografías muestran trozos de la vida en su estado natural, una realidad donde aveces no sucede nada más que ser y estar ahí.

Eggleston es ampliamente acreditado con el reconocimiento de la fotografía en color. En 1966 comienza a utilizarla convirtiéndose así en un explorador en potencia de las posibilidades que ofrece el color en la fotografía. Por esta razón, se le considera un pionero en la recuperación de la fotografía en color, que había caído en desuso por la deficiente fijación de sus tonos en el papel y por su supuesta incompatibilidad con los intereses artísticos y formales de la imagen fotográfica que prefería el blanco y negro.

Hijo de un ingeniero fracasado y una madre hija de un juez local, Eggleston fue un niño introvertido e inusual entre sus pares. Desde pequeño evito el juego masculino como las actividades de caza o deportivas, siempre tuvo una tendencia a las actividades artísticas y de observación del mundo que le rodea.

Su interés por la fotografía se remonta a 1962, cuando se ve seducido por el descubrimiento de la obra en blanco y negro de Henri Cartier-Bresson y Walker Evans, pero unas años más tarde se dedicó a explorar en la fotografía a color capturando el paisajes y la vida en su estado puro y sin ningún apoyo, característica que ha llevado a muchos calificar su trabajo visual como fotografías puras y banales.

Su obra atrae la atención del público por primera vez en la década de los setenta, cuando es mostrada en diversas exposiciones, y de forma especial en 1976, cuando el MoMA de Nueva York inaugura una gran exposición en su nombre: William Eggleston’s Guide. En ella presenta 75 instantáneas de colores extremos y contrastados en las que se recoge su mirada sobre la vida cotidiana del mundo rural americano, siguiendo su tendencia de captar la realidad como al pasar, capturar la vida concentrándose en los objetos, la ropa, las construcciones, los adornos, en definitiva, en el pasisaje en el que viven los seres humanos. Así es que podemos calificar sus fotografías de banales o de extraordinarias o como piezas de la realidad, sin olvidar su máximo aporte y reconocimiento: aplicar el color.






Realidad en colores