El paisaje ha sido, indudablemente uno de los motores de la evolución de la Historia de la fotografía. Es más, partió con este tópico, pues no podemos olvidar la fotografía que Nicéphore Niepce nos legó en su Punto de vista desde la ventana de Gras, en 1826.
Vista urbana o vista natural, nuestros pioneros documentaron el desarrollo social de nuestras comunidades partiendo de aquellos paisajes muertos, en donde nadie parecía habitar. Daban cuenta de las limitaciones técnicas de la época. Retrataban la realidad tal como era, con un sólo click, ahí estaba el vivo retrato de aquel paisaje.
A estas propuestas fotográficas siguieron otras donde los polos del realismo y del idealismo, una y otra vez alternaron su influencia. Ello llevó a la fotografía hasta un paisaje tamizado a través de las experiencias formales de las vanguardias o de las demostraciones de dominio del medio de Ansel Adams.
La visión moderna del espacio y lugar encuentran sus precedentes en la Historia de la fotografía, pero sobre todo en el cambio a la postmodernidad ofrecido por las aportaciones de William Eggleston, especialmente con su uso del color y su preocupación por trasladar la atención fotográfica a ese ningún-lugar-en-particular, del que tanto han bebido las diversas series de los artistas europeos de la Nueva Topografía, durante los años 1980 y 1990.
Tras los primeros avances científicos en el campo de la técnica fotográfica se desarrolla ampliamente este género fotográfico motivado por diferentes aspectos como sus valores memorísticos, por la curiosidad científica, por afanes puramente comerciales o por cuestiones relacionadas con la creatividad.
Tomando cuenta que los tiempos de exposición necesarios eran muy amplios, los paisajes urbanos o rurales son fotografiados cuando no hay nada en movimiento, a fin de evitar que salieran borrosos. A esto se debe esa impresión de espacios muertos que podemos observar en las primeras fotografías de paisaje.
Meses después de que la fotografía se presentase públicamente con un óptico llamado Lerebours, se envió a un equipo de fotógrafos por todo el mundo a fin de captar imágenes con destino a su comercialización posterior en la colección "Excursiones daguerrianas". Otra iniciativa similar pero de carácter más científico fue la del Barón Jean Baptise Louis Gros quien, diplomático de profesión, se dedicó a tomar imágenes de los lugares donde estuvo destinado.
La fotografía de paisaje, si bien fue uno de las primeras temáticas abordadas por la fotografía allá por sus primeros pasos, hoy constituye el objetivo comunicativo de las grandes revistas como National Geographic.
En el devenir de este siglo y medio de fotografía, hemos asistido a la visión de parajes remotos, exóticos, nunca antes pensados, como los paisajes de Europa, Latinoamérica, Asia, Africa o las fabulosas playas de la Polinesia. También hemos sido testigos de paisajes urbanos aterradores como las imágenes de la vida de los refugiados de Kosovo, las guerras en Medio Oriente, o las festividades tradicionales de los carnavales de todo el mundo.
Paisaje Natural:
Por paisaje natural, se entiende todos aquellos escenarios en los predomina la naturaleza. Esta definición se empezó a utilizar cuando algunos fotógrafos se interesaron por el paisaje urbano, lo cual fue una forma de intentar diferenciar y aumentar las áreas de trabajo. Algunos fotógrafos entienden que incluso de puede definir a la fotografía de naturaleza, como aquella en la que no existe rastro del ser humano.
El paisaje Natural, exento de ratos humano, puede contribuir a transmitir la sensación de naturaleza virgen, por lo que las diferentes estaciones del año proporcionan un amplio abanico de posibilidades creativas. Además permite una gran variedad de tratamientos, no sólo porque se refiere a los aspectos técnicos, sino también, por las grandes posibilidades de aprovechar los cambios estacionales, las diferentes épocas del año y la diversidad de luz disponible.
Paisaje Urbano:
La fotografía urbana, por otra parte, consiguió su mayor número de adeptos, durante el siglo XX. Va de la mano con los cambios históricos que se han producido, con la industrialización, y el considerable aumento de la vida urbano. Y he ahí la gracia, pues el trabajo con este tipo de fotografías, se puede realizar en la misma ciudad o en el mismo barrio en donde vivimos. Gracias a esto, el paisaje urbano se vuelve un tema al alcance de cualquier fotógrafo, por muy aficionado que fuese.
Uno de los mejores objetos de este paisaje, son las ventanas de las viviendas. Desde ellas se pueden apreciar los cambios en la luz del día, no por nada, fueron ellas la fuente de inspiración para Niepce.
¿Cómo fotografiar un paisaje?
La fotografía de paisajes es una de las disciplinas más profusamente practicadas por todos los fotógrafos. No importa si son profesionales o novatos. Prácticamente el cien por cien de las personas que alguna vez han empuñado una cámara se han parado delante de un idílico paraje campestre para hacer un par de fotografías. No todas salen bien. La fotografía de paisajes es una disciplina que engaña, y no es tan fácil como parece ejecutarla correctamente. La primera lección: para ver, primero hay que saber mirar.
En un paisaje hay muchos motivos por escoger y un montón de valores con los que jugar, aunque no podamos cambiar las condiciones de la toma. Las focales, por ejemplo, suelen ser cortas; cuanto más, mejor, ya que así puede abarcarse más paisaje. Pero que esto sea lo convencional no quiere decir en absoluto que no pueda hacerse un paisaje con teleobjetivo. De hecho, las focales largas son idóneas para esquivar accidentes naturales u obras arquitectónicas de incongruente ubicación.
También hemos de jugar con la luz. Un paisaje suele presentar claros, zonas de sombra, luces fuertes, destellos. Todo eso debe tenerse en cuenta. La medición en paisajes suele ser matricial, esto es, midiendo toda la escena. La razón es sencilla: en un paisaje suelen convivir luces y sombras de forma más o menos equilibrada, pero también puede ganar una de las dos por abultada mayoría, con lo que utilizar un modo de medición más restringido supondría un riesgo.
Sin embargo, no siempre encontraremos una medición sencilla. Hay ocasiones en las que tenemos que apostar por subexponer o por quemar. Lo más sensato -que necesariamente tiene que ser lo más correcto- suele ser apostar por las luces bajas y dejar la toma, en principio, subexpuesta. La razón es sencilla: una luz baja puede recuperarse en mayor o menor medida con el ordenador; una zona quemada, sin embargo, es mucho más difícil.
miércoles, 10 de junio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario